Los diccionarios en papel han muerto. ¡Vivan los recursos digitales!

Shelf4Una reciente encuesta en Proz.com se centraba en si los traductores compran las últimas ediciones de los diccionarios que utilizan cuando se publican. Esto rápidamente se convirtió en un debate sobre por qué molestarse en utilizar diccionarios en papel ahora que absolutamente todo está disponible online, e incluso se planteaba si los traductores profesionales necesitan o no diccionarios. Mientras estemos dentro de nuestra zona de confort (la cual, en teoría, no deberíamos abandonar nunca), no tendría por qué haber necesidad alguna de consultar nada…

Como es lógico, este radical punto de vista suscitó una serie de reacciones. Esperar de nosotros que seamos diccionarios con patas es una falacia en la que puede caer la gente que no pertenece al sector, pero choca bastante en boca de un compañero. Ninguno de nosotros es infalible, y personalmente siempre he pensado que aprender algo nuevo prácticamente cada día es un importante aliciente para muchos de los que ejercemos esta profesión. Es del todo imposible conocer cada una de las palabras que aparecen en el diccionario, e incluso si nos ceñimos religiosamente a nuestras áreas de especialización, siempre pueden surgir cosas inesperadas.

Puede que estas diferencias de opinión con respecto a cómo acceder a los recursos sea una simple cuestión de edad: la primera vez que yo vi un ordenador fue en la universidad, cumplidos los 20, y no tuve uno propio hasta diez años más tarde, cuando internet empezó a despegar de verdad. Me crié en un mundo no digital en el que las máquinas de escribir eléctricas eran el colmo de la sofisticación y, por supuesto, dependíamos de los libros para estudiar y no de los iPads (de uso obligatorio en el colegio de mi hija). Recuerdo que uno de los compañeros de trabajo de mi padre estaba tan enamorado de los libros que solía cerrar los ojos y aspirar su aroma (aún puedo imaginármelo en ese momento de éxtasis). Mi padre también era todo un fanático de los libros, y pese a que por desgracia ya hace mucho que no está entre nosotros, seguimos rodeados de las manifestaciones físicas de su obsesión, apiladas en baldas que a veces se comban ligeramente bajo su peso. Esto es algo que he heredado de él, aunque ahora alterne la lectura de libros con largas horas frente al ordenador, algo que él jamás utilizó. Eso sí, era consciente de lo útiles que resultan las búsquedas web para resolver crucigramas: las pocas veces que se ponía al teléfono era para decirme qué necesitaba que le buscara.

Shelf8Así pues, no es ninguna sorpresa que no coincida al 100% con las nuevas generaciones de traductores en lo que respecta a las herramientas que usamos, porque me encantan los diccionarios en papel. Tengo unos cuantos que sigo consultando, si bien algunos solo de Pascuas a Ramos, pero me reconforta pensar que están ahí cuando los necesito. También tengo los tres diccionarios de español-inglés/inglés-español más importantes sobre mi escritorio para poder acceder a ellos en todo momento. Para algunos encargos ni los abro, pero para otros no paro de hojear sus páginas buscando el término más adecuado según el contexto. Además de esto, cuento con un tesauro a mi lado en todo momento (concretamente en el suelo, lugar que parece haberse convertido en su sitio oficial porque no me cabe en la mesa).

Una de las cosas que más me gustan de algunos de mis diccionarios (especialmente de los monolingües) es la comodidad con la que se puede pasar de un término a otro, mirar una ilustración y verlo todo claro de repente. Otra, si son buenos, es el hecho de que se hayan revisado varias veces y por lo tanto resulten fiables mientras que mucha de la información que se encuentra en internet es falsa en el mejor de los casos. Linguee, por ejemplo, me parece bastante útil aunque solo sea porque señala lo que no se debería poner…

No obstante, los diccionarios en papel pueden resultar caros (algunos tienen precios desorbitados) y hay muchas posibilidades de acabar comprando alguno de escasa utilidad (por desgracia yo tengo unos cuantos así en mis estanterías). Este es el motivo por el cual en 2009 Proz.com lanzó un tablón de diccionarios y referencias en el que puedes meter libros y valorarlos. Muchos de nosotros llevábamos años pidiendo algo así, y yo me siento orgullosa de haber participado en él desde el principio ayudando a convertirlo en lo que es hoy (de hecho sigo formando parte de su equipo de administración).

Por supuesto, a la hora de buscar el término ideal o la colocación perfecta tenemos que recurrir a una amplia variedad de recursos, que varían de traductor a traductor en función de la combinación lingüística, el campo en cuestión, el contexto, etc. Aquí no existe una regla única: al menos para mí los diccionarios en papel están muy pero que muy vivos, ¡pero que vivan también los recursos digitales!

Esta entrada apareció por primera vez el 16/06/2014 en mi blog anterior.

Fondo negro plano medioThis translation of my original post Paper Dictionaries are Dead. Long Live Online Resources! is by Aída Ramos, an English, Portuguese and French into Spanish translator specialising in transcreation, marketing and advertising trading under the name Thinking Side.


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